Viernes, 28 de septiembre de 2007
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El GaTo NeGRo


No espero ni pido que alguien crea en el extra?o aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estar?a si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y s? muy bien que esto no es un sue?o. Ma?ana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi prop?sito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios dom?sticos.

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Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentar? explicarlos. Si para m? han sido horribles, para otros resultar?n menos espantosos que barrocos. M?s adelante, tal vez, aparecer? alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia m?s serena, m?s l?gica y mucho menos excitable que la m?a, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describir?, una vulgar sucesi?n de causas y efectos naturales.

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Desde la infancia me destaqu? por la docilidad y bondad de mi car?cter. La ternura que abrigaba mi coraz?n era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compa?eros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permit?an tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jam?s me sent?a m?s feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi car?cter creci? conmigo y, cuando llegu? a la virilidad, se convirti? en una de mis principales fuentes de placer.

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Aquellos que alguna vez han experimentado cari?o hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribuci?n que recib?a. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al coraz?n de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la fr?gil fidelidad del hombre.

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Me cas? joven y tuve la alegr?a de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales dom?sticos, no perd?a oportunidad de procurarme los m?s agradables de entre ellos. Ten?amos p?jaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

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Este ?ltimo era un animal de notable tama?o y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, alud?a con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y s?lo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

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Plut?n -tal era el nombre del gato- se hab?a convertido en mi favorito y mi camarada. S?lo yo le daba de comer y ?l me segu?a por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de m? en la calle.

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Nuestra amistad dur? as? varios a?os, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi car?cter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. D?a a d?a me fui volviendo m?s melanc?lico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegu?, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y termin? por infligirle violencias personales.

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Mis favoritos, claro est?, sintieron igualmente el cambio de mi car?cter. No s?lo los descuidaba, sino que llegu? a hacerles da?o. Hacia Plut?n, sin embargo, conserv? suficiente consideraci?n como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hac?a con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ?qu? enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plut?n, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empez? a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

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Una noche en que volv?a a casa completamente embriagado, despu?s de una de mis correr?as por la ciudad, me pareci? que el gato evitaba mi presencia. Lo alc? en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordi? ligeramente en la mano.

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Al punto se apoder? de m? una furia demon?aca y ya no supe lo que hac?a. Fue como si la ra?z de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad m?s que diab?lica, alimentada por la ginebra, estremeci? cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abr? mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

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Cuando la raz?n retorn? con la ma?ana, cuando hube disipado en el sue?o los vapores de la org?a nocturna, sent? que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era d?bil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez m?s me hund? en los excesos y muy pronto ahogu? en vino los recuerdos de lo sucedido.

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El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la ?rbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parec?a sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, hu?a aterrorizado al verme. Me quedaba a?n bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipat?a de un animal que alguna vez me hab?a querido tanto. Pero ese sentimiento no tard? en ceder paso a la irritaci?n.

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Y entonces, para mi ca?da final e irrevocable, se present? el esp?ritu de la perversidad. La filosof?a no tiene en cuenta a este esp?ritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del coraz?n humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el car?cter del hombre.

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?Qui?n no se ha sorprendido a s? mismo cien veces en momentos en que comet?a una acci?n tonta o malvada por la simple raz?n de que no deb?a cometerla? ?No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este esp?ritu de perversidad se present?, como he dicho, en mi ca?da final. Y el insondable anhelo que ten?a mi alma de vejarse a s? misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incit? a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que hab?a infligido a la inocente bestia.

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Una ma?ana, obrando a sangre fr?a, le pas? un lazo por el pescuezo y lo ahorqu? en la rama de un ?rbol; lo ahorqu? mientras las l?grimas manaban de mis ojos y el m?s amargo remordimiento me apretaba el coraz?n; lo ahorqu? porque recordaba que me hab?a querido y porque estaba seguro de que no me hab?a dado motivo para matarlo; lo ahorqu? porque sab?a que, al hacerlo, comet?a un pecado, un pecado mortal que comprometer?a mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- m?s all? del alcance de la infinita misericordia del Dios m?s misericordioso y m?s terrible.

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La noche de aquel mismo d?a en que comet? tan cruel acci?n me despertaron gritos de: "?Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagraci?n mi mujer, un sirviente y yo. Todo qued? destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

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No incurrir? en la debilidad de establecer una relaci?n de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acci?n. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ning?n eslab?n incompleto. Al d?a siguiente del incendio acud? a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se hab?an desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido hab?a quedado a salvo de la acci?n del fuego, cosa que atribu? a su reciente aplicaci?n.

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Una densa muchedumbre hab?ase reunido frente a la pared y varias personas parec?an examinar parte de la misma con gran atenci?n y detalle. Las palabras "?extra?o!, ?curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparec?a la imagen de un gigantesco gato. El contorno ten?a una nitidez verdaderamente maravillosa. Hab?a una soga alrededor del pescuezo del animal.

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Al descubrir esta aparici?n -ya que no pod?a considerarla otra cosa- me sent? dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexi?n vino luego en mi ayuda. Record? que hab?a ahorcado al gato en un jard?n contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud hab?a invadido inmediatamente el jard?n: alguien debi? de cortar la soga y tirar al gato en mi habitaci?n por la ventana abierta.

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Sin duda, hab?an tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la ca?da de las paredes comprimi? a la v?ctima de mi crueldad contra el enlucido reci?n aplicado, cuya cal, junto con la acci?n de las llamas y el amoniaco del cad?ver, produjo la imagen que acababa de ver.

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Si bien en esta forma qued? satisfecha mi raz?n, ya que no mi conciencia, sobre el extra?o episodio, lo ocurrido impresion? profundamente mi imaginaci?n. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo domin? mi esp?ritu un sentimiento informe que se parec?a, sin serlo, al remordimiento. Llegu? al punto de lamentar la p?rdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, alg?n otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

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Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna m?s que infame, reclam? mi atenci?n algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constitu?an el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos hab?a estado mirando dicho tonel y me sorprendi? no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproxim? y la toqu? con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plut?n y absolutamente igual a ?ste, salvo un detalle. Plut?n no ten?a el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubr?a casi todo el pecho.

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Al sentirse acariciado se enderez? prontamente, ronroneando con fuerza, se frot? contra mi mano y pareci? encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contest? que el animal no era suyo y que jam?s lo hab?a visto antes ni sab?a nada de ?l.

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Continu? acariciando al gato y, cuando me dispon?a a volver a casa, el animal pareci? dispuesto a acompa?arme. Le permit? que lo hiciera, deteni?ndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbr? a ella de inmediato y se convirti? en el gran favorito de mi mujer.

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Por mi parte, pronto sent? nacer en m? una antipat?a hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que hab?a anticipado, pero -sin que pueda decir c?mo ni por qu?- su marcado cari?o por m? me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creci? hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de verg?enza y el recuerdo de mi crueldad de anta?o me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo v?ctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegu? a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanaci?n de la peste.

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Lo que, sin duda, contribuy? a aumentar mi odio fue descubrir, a la ma?ana siguiente de haberlo tra?do a casa, que aquel gato, igual que Plut?n, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo m?s grato a mi mujer, quien, como ya dije, pose?a en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez hab?an sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres m?s simples y m?s puros.

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El cari?o del gato por m? parec?a aumentar en el mismo grado que mi aversi?n. Segu?a mis pasos con una pertinencia que me costar?a hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara ven?a a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodig?ndome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se met?a entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas u?as en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sent?a paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

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Aquel temor no era precisamente miedo de un mal f?sico y, sin embargo, me ser?a imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, s?, a?n en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las m?s insensatas quimeras que ser?a dado concebir. M?s de una vez mi mujer me hab?a llamado la atenci?n sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constitu?a la ?nica diferencia entre el extra?o animal y el que yo hab?a matado.

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El lector recordar? que esta mancha, aunque grande, me hab?a parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi raz?n luch? durante largo tiempo por rechazarla como fant?stica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisi?n. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, tem?a y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ?la imagen del pat?bulo! ?Oh l?gubre y terrible m?quina del horror y del crimen, de la agon?a y de la muerte!

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Me sent? entonces m?s miserable que todas las miserias humanas. ?Pensar que una bestia, cuyo semejante hab?a yo destruido desde?osamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ?Ay, ni de d?a ni de noche pude ya gozar de la bendici?n del reposo! De d?a, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los m?s horrorosos sue?os, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi coraz?n.

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Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbi? en m? lo poco que me quedaba de bueno. S?lo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los m?s tenebrosos, los m?s perversos pensamientos. La melancol?a habitual de mi humor creci? hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, lleg? a ser la habitual y paciente v?ctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega c?lera a que me abandonaba.

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Cierto d?a, para cumplir una tarea dom?stica, me acompa?? al s?tano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me sigui? mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasper? hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces hab?an detenido mi mano, descargu? un golpe que hubiera matado instant?neamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervenci?n a una rabia m?s que demon?aca, me zaf? de su abrazo y le hund? el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cay? muerta a mis pies.

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Cumplido este espantoso asesinato, me entregu? al punto y con toda sangre fr?a a la tarea de ocultar el cad?ver. Sab?a que era imposible sacarlo de casa, tanto de d?a como de noche, sin correr el riesgo de que alg?n vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pens? en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurri? cavar una tumba en el piso del s?tano. Pens? tambi?n si no conven?a arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un caj?n, como si se tratara de una mercader?a com?n, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareci? el mejor expediente y decid? emparedar el cad?ver en el s?tano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus v?ctimas.

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El s?tano se adaptaba bien a este prop?sito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban reci?n revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atm?sfera no hab?a dejado endurecer. Adem?s, en una de las paredes se ve?a la saliencia de una falsa chimenea, la cual hab?a sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del s?tano. Sin lugar a dudas, ser?a muy f?cil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cad?ver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

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No me equivocaba en mis c?lculos. F?cilmente saqu? los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posici?n mientras aplicaba de nuevo la mamposter?a en su forma original. Despu?s de procurarme argamasa, arena y cerda, prepar? un enlucido que no se distingu?a del anterior y revoqu? cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sent? seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor se?al de haber sido tocada. Hab?a barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Mir? en torno, triunfante, y me dije: "Aqu?, por lo menos, no he trabajado en vano".

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Mi paso siguiente consisti? en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me hab?a decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante m?, su destino habr?a quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de c?lera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se present? aquella noche, y as?, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; s?, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

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Pasaron el segundo y el tercer d?a y mi atormentador no volv?a. Una vez m?s respir? como un hombre libre. ?Aterrado, el monstruo hab?a huido de casa para siempre! ?Ya no volver?a a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acci?n me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me cost? mucho responder. Incluso hubo una perquisici?n en la casa; pero, naturalmente, no se descubri? nada. Mi tranquilidad futura me parec?a asegurada

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Al cuarto d?a del asesinato, un grupo de polic?as se present? inesperadamente y procedi? a una nueva y rigurosa inspecci?n. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sent? la m?s leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompa?ara en su examen. No dejaron hueco ni rinc?n sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al s?tano. Los segu? sin que me temblara un solo m?sculo. Mi coraz?n lat?a tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me pase? de un lado al otro del s?tano. Hab?a cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aqu? para all?. Los polic?as estaban completamente satisfechos y se dispon?an a marcharse. La alegr?a de mi coraz?n era demasiado grande para reprimirla. Ard?a en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

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-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo sub?a la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco m?s de cortes?a. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa est? muy bien construida... (En mi fren?tico deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcci?n. Estas paredes... ?ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

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Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpe? fuertemente con el bast?n que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cad?ver de la esposa de mi coraz?n.

?Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas hab?a cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondi? desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un ni?o, que luego creci? r?pidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentaci?n, mitad de horror, mitad de triunfo, como s?lo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agon?a y de los demonios exultantes en la condenaci?n.

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Hablar de lo que pens? en ese momento ser?a locura. Presa de v?rtigo, fui tambale?ndome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera qued? paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cay? de una pieza. El cad?ver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareci? de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el ?nico ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me hab?a inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ?Hab?a emparedado al monstruo en la tumba!



By Edgar Allan Poe


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Tags: gato negro, numero 13, Edgar, Allan, Poe

CoMMeNTS
Imaginado por Zeek_EX
Domingo, 18 de noviembre de 2007 | 16:08
Un blog muy interesante. Estupendo relato corto de Edgar Allan Poe, sin duda uno de mis preferidos. Un saludo desde Bilbao y no dudes que te visitar? a menudo Sonrisa
ImagenESCRiBeMe uN CoMeNTaRio,no muerdo..lo prometo!
Usuario: Estoy logueado en miarroba
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problemas?encuentrame aqui:LaDyDeNeB
 
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