S?bado, 14 de abril de 2007
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El Monte de las ?nimas


La noche de difuntos me despert? a no s? qu? hora el doble de las campanas; su ta?ido mon?tono y eterno me trajo a las mientes esta tradici?n que o? hace poco en Soria.


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Intent? dormir de nuevo; ?imposible! Una vez aguijoneada, la imaginaci?n es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decid? a escribirla, como en efecto lo hice.

Yo la o? en el mismo lugar en que acaeci?, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sent?a crujir los cristales de mi balc?n, estremecidos por el aire fr?o de la noche.

Sea de ello lo que quiera, ah? va, como el caballo de copas.


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I

-Atad los perros; haced la se?al con las trompas para que se re?nan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es d?a de Todos los Santos y estamos en el Monte de las ?nimas.

-?Tan pronto!

-A ser otro d?a, no dejara yo de concluir con ese reba?o de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonar? la oraci?n en los Templarios, y las ?nimas de los difuntos comenzar?n a ta?er su campana en la capilla del monte.

-?En esa capilla ruinosa! ?Bah! ?Quieres asustarme?

-No, hermosa prima; t? ignoras cuanto sucede en este pa?s, porque a?n no hace un a?o que has venido a ?l desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo tambi?n pondr? la m?a al paso, y mientras dure el camino te contar? esa historia.


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Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magn?ficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que preced?an la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narr? en estos t?rminos la prometida historia:

-Ese monte que hoy llaman de las ?nimas, pertenec?a a los Templarios, cuyo convento ves all?, a la margen del r?o. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los ?rabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que as? hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.


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Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad ferment? por algunos a?os, y estall? al fin, un odio profundo. Los primeros ten?an acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los cl?rigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

Cundi? la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su man?a de cazar y a los otros en su empe?o de estorbarlo. La proyectada expedici?n se llev? a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendr?an presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacer?a, fue una batalla espantosa: el monte qued? sembrado de cad?veres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento fest?n. Por ?ltimo, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasi?n de tantas desgracias, se declar? abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenz? a arruinarse.


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Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ?nimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacer?a fant?stica por entre las bre?as y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos a?llan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro d?a se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las ?nimas, y por eso he querido salir de ?l antes que cierre la noche.

La relaci?n de Alonso concluy? justamente cuando los dos j?venes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. All? esperaron al resto de la comitiva, la cual, despu?s de incorpor?rseles los dos jinetes, se perdi? por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.


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II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea g?tica del palacio de los condes de Alcudiel desped?a un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del sal?n.

Solas dos personas parec?an ajenas a la conversaci?n general: Beatriz y Alonso: Beatriz segu?a con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hac?a rato un profundo silencio.

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Las due?as refer?an, a prop?sito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un ta?ido mon?tono y triste.

-Hermosa prima -exclam? al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las ?ridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus h?bitos sencillos y patriarcales s? que no te gustan; te he o?do suspirar varias veces, acaso por alg?n gal?n de tu lejano se?or?o.

Beatriz hizo un gesto de fr?a indiferencia; todo un car?cter de mujer se revel? en aquella desde?osa contracci?n de sus delgados labios.


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-Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aqu? has vivido -se apresur? a a?adir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardar? en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria m?a... ?Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que vinistes a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautiv? tu atencion. ?Qu? hermoso estar?a sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regal? a la que me dio el ser, y ella lo llev? al altar... ?Lo quieres?

-No s? en el tuyo -contest? la hermosa-, pero en mi pa?s una prenda recibida compromete una voluntad. S?lo en un d?a de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que a?n puede ir a Roma sin volver con las manos vac?as.


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El acento helado con que Beatriz pronunci? estas palabras turb? un momento al joven, que despu?s de serenarse dijo con tristeza:

-Lo s? prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es d?a de ceremonias y presentes. ?Quieres aceptar el m?o?

Beatriz se mordi? ligeramente los labios y extendi? la mano para tomar la joya, sin a?adir una palabra.

Los dos j?venes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a o?r la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hac?a crujir los vidrios de las ojivas, y el triste mon?tono doblar de las campanas.


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Al cabo de algunos minutos, el interrumpido di?logo torn? a anudarse de este modo:

-Y antes de que concluya el d?a de Todos los Santos, en que as? como el tuyo se celebra el m?o, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ?no lo har?s? -dijo ?l clavando una mirada en la de su prima, que brill? como un rel?mpago, iluminada por un pensamiento diab?lico.

-?Por qu? no? -exclam? ?sta llev?ndose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Despu?s, con una infantil expresi?n de sentimiento, a?adi?:


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-?Te acuerdas de la banda azul que llev? hoy a la cacer?a, y que por no s? qu? emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

-S?.

-Pues... ?se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dej?rtela como un recuerdo.

-?Se ha perdido!, ?y d?nde? -pregunt? Alonso incorpor?ndose de su asiento y con una indescriptible expresi?n de temor y esperanza.


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-No s?.... en el monte acaso.

-?En el Monte de las ?nimas -murmur? palideciendo y dej?ndose caer sobre el sitial-; en el Monte de las ?nimas!

Luego prosigui? con voz entrecortada y sorda:

-T? lo sabes, porque lo habr?s o?do mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo a?n podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversi?n, imagen de la guerra, todos los br?os de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano.


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Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de d?a y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dir? que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasi?n. Otra noche volar?a por esa banda, y volar?a gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche.... esta noche. ?A qu? ocult?rtelo?, tengo miedo. ?Oyes? Las campanas doblan, la oraci?n ha sonado en San Juan del Duero, las ?nimas del monte comenzar?n ahora a levantar sus amarillentos cr?neos de entre las malezas que cubren sus fosas... ?las ?nimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del m?s valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fant?stica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa ad?nde.


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Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibuj? en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclam? con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y cruj?a la le?a, arrojando chispas de mil colores:

-?Oh! Eso de ning?n modo. ?Qu? locura! ?Ir ahora al monte por semejante friolera! ?Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!

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Al decir esta ?ltima frase, la recarg? de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga iron?a, movido como por un resorte se puso de pie, se pas? la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su coraz?n, y con voz firme exclam?, dirigi?ndose a la hermosa, que estaba a?n inclinada sobre el hogar entreteni?ndose en revolver el fuego:

-Adi?s Beatriz, adi?s... Hasta pronto.

-?Alonso! ?Alonso! -dijo ?sta, volvi?ndose con rapidez; pero cuando quiso o aparent? querer detenerle, el joven hab?a desaparecido.

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A los pocos minutos se oy? el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresi?n de orgullo satisfecho que colore? sus mejillas, prest? atento o?do a aquel rumor que se debilitaba, que se perd?a, que se desvaneci? por ?ltimo.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ?nimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balc?n

y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III

Hab?a pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retir? a su oratorio. Alonso no volv?a, no volv?a, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

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-?Habr? tenido miedo! -exclam? la joven cerrando su libro de oraciones y encamin?ndose a su lecho, despu?s de haber intentado in?tilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el d?a de difuntos a los que ya no existen.

Despu?s de haber apagado la l?mpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmi?; se durmi? con un sue?o inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oy? entre sue?os las vibraciones de la campana, lentas, sordas; trist?simas, y entreabri? los ojos. Cre?a haber o?do a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gem?a en los vidrios de la ventana.

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-Ser? el viento -dijo; y poni?ndose la mano sobre el coraz?n, procur? tranquilizarse. Pero su coraz?n lat?a cada vez con m?s violencia. Las puertas de alerce del oratorio hab?an crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras m?s cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitaci?n iban sonando por su orden, ?stas con un ruido sordo y grave, aqu?llas con un lamento largo y crispador. Despu?s silencio, un silencio lleno de rumores extra?os, el silencio de la media noche, con un murmullo mon?tono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximaci?n se nota no obstante en la oscuridad.

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Beatriz, inm?vil, temblorosa, adelant? la cabeza fuera de las cortinillas y escuch? un momento. O?a mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.

Ve?a, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se mov?an en todas direcciones; y cuando dilat?ndolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.

-?Bah! -exclam?, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ?soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo coraz?n palpita de terror bajo una armadura, al o?r una conseja de aparecidos?

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Y cerrando los ojos intent? dormir...; pero en vano hab?a hecho un esfuerzo sobre s? misma. Pronto volvi? a incorporarse m?s p?lida, m?s inquieta, m?s aterrada. Ya no era una ilusi?n: las colgaduras de brocado de la puerta hab?an rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su comp?s se o?a crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movi? el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanz? un grito agudo, y arrebuj?ndose en la ropa que la cubr?a, escondi? la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balc?n; el agua de la fuente lejana ca?a y ca?a con un rumor eterno y mon?tono; los ladridos de los perros se dilataban en las r?fagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ?nimas de los difuntos.

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As? pas? una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareci? eterna a Beatriz. Al fin despunt? la aurora: vuelta de su temor, entreabri? los ojos a los primeros rayos de la luz. Despu?s de una noche de insomnio y de terrores, ?es tan hermosa la luz clara y blanca del d?a! Separ? las cortinas de seda del lecho, y ya se dispon?a a re?rse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor fr?o cubri? su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descolor? sus mejillas: sobre el reclinatorio hab?a visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primog?nito de Alcudiel, que a la ma?ana hab?a aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las ?nimas, la encontraron inm?vil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ?bano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, r?gidos los miembros, muerta; ?muerta de horror!

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IV

Dicen que despu?s de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pas? la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las ?nimas, y que al otro d?a, antes de morir, pudo contar lo que viera, refiri? cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oraci?n con un estr?pito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, p?lida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.


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Tags: becquer, leyendas

CoMMeNTS
Imaginado por Jant
Martes, 17 de abril de 2007 | 20:00
Es algo espeluznante el relato,orgullosa ella que le env?a a una probable muerte que ?ste se encuentra y como reproche ?l le deja la banda azul que ?sta quer?a de vuelta y as? ella se fu? a buscar el mismo destino que ?l tubo presa del amor.
Imaginado por heathclifff
Mi?rcoles, 18 de abril de 2007 | 2:28
si... o la perdici?n que supone amar demasiado...
Imaginado por heathclifff
Mi?rcoles, 18 de abril de 2007 | 2:48
vamos, que yo siempre lo he visto mas como una met?fora de la fatalidad que supone para alguien amar en demas?a a otra persona; en este caso, para un hombre que ama en demas?a a una mujer est?pida y ego?sta que le pide una infantil prueba de su amor. El pobre hombre lo paga con su vida, y ella con su alma. Merece lo que la sucede.

"Te quiero
pero te jodes".

Pensar? Alonso all? donde est?.

XDDDDDD
Imaginado por heathclifff
Mi?rcoles, 18 de abril de 2007 | 2:52
pero como me jode que no se puedan editar comentarios grrrrrrr....en demas?a en demas?a... 50 veces en demas?a XDD. por cierto me encanta esa ilustraci?n que has puesto de la leyenda rayo de luna.
ImagenESCRiBeMe uN CoMeNTaRio,no muerdo.
Usuario: Estoy logueado en miarroba
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